miércoles, 13 de mayo de 2009

Aventura en Calatañazor II


Segunda Parte

Carpe Diem

A Horacio, poeta latino, y más concretamente a sus 'Odas', debemos esta frase, Carpe Diem que, curiosamente, pasó a convertirse en un aforismo urbano de índole mundial después de que la productora norteamericana Touchstone Pictures inmortalizara en el celuloide una trágica aunque entrañable novela de N.H. Kleinbaum: 'El club de los poetas muertos'.

A veces, las apariencias engañan; pero todos, de una u otra forma, la hacemos propia y la aplicamos, o procuramos aplicarla, porque, bien de oídas bien instintivamente, conocemos o intuimos perfectamente la continuación de la frase: quam minimum credula postero; o lo que viene a ser lo mismo -que nadie se asuste, no sé latín, de modo que es un plagio espero que perdonable- no confíes en mañana.

Aventurarse a visitar lugares como Calatañazor, significa exactamente eso: vive el momento y no confíes en mañana. Ningún día es exactamente igual a otro, como tampoco ninguna nueva visita es exactamente igual a la anterior.


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Recuerdo, con emotividad, a las dos abuelillas sentadas junto a la puerta de casa, al principio de la cuesta, con las murallas a la derecha, sobre el promontorio, recibiendo impasibles la luz del sol; esas calles estrechas, de casitas ancestrales, ejemplo típico de una arquitectura medieval que conjuga la madera, el barro y la piedra con la alquimia mágica del pasado y en alguna de ellas -horror de los horrores, herejía y sacrilegio-, un símbolo inequívoco de la era espacial: una antena parabólica, señal inequívoca de que no hay lugar que dure aislado toda la vida.
Los viejos faroles, en su carcasa con forma de jaula y un cartel que induciría a continuar por las bocacalles de la derecha, si no estuviera bien visible -que por algo apunta siempre al cielo- la formidable torre de la iglesia-museo de la Virgen del Castillo.
Las tiendas de cerámica y recuerdos; de bártulos y 'cosas de pueblo', que exhiben innumerables recuerdos en la mortecina candileja de su interior y también ese oriundo de la cordillera de los Andes que bosteza semi tumbado a la sombra de los soportales, junto a la entrada del hostal-restaurante 'Calatañazor'. En el interior de este, apoyado en la barra, esa cerveza sin alcohol, fresca y con un sabor descerebrado al que a fuerza de años ya te has ido acostumbrando, y el coche de algún turista despistado que baja a más velocidad de la debida por unas calles concebidas en su tiempo, desde luego, para otros medios de transporte menos ruidosos y peligrosos.


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La visita, una vez refrescado a las obras de Arte de la iglesia-museo, con Andrés, ese anciano que siempre me ha resultado extraño preparando las entradas a 1 euro, soltando el típico discurso aprendido a lo largo de los años, aunque en ésta ocasión, por motivos que merecerá la pena indagar con tiempo, contando historias de criptas y templarios que reservo para más adelante.

Pero sobre todo, lo que más me llamó la atención de esta nueva visita a Calatañazor, no fueron, aunque parezca mentira, estas historias a las que antes me refería y que me fascinan; no fueron tampoco esas obras de Arte cuyos símbolos y señales me inducen siempre a fabular o ese azulejo con motivos celtíberos o aquél otro que me dió la idea para esta entrada. No... Aparte de la belleza implícita a lo poco o mucho que haya podido describir y que se complementa, espero, con los vídeos que se exponen, lo que más me llamó la atención de una jornada tan memorable, fue ese vuelo preciso, perfecto, coordinado y absolutamente libre de esas aves rapaces sobre las que se basa todo un símbolo de Calatañazor: el castillo del Azor.

Diario de un Caminante, Calatañazor, 'Carpe Diem', 9 de Mayo de 2009

2 comentarios:

KALMA dijo...

Hola! Estoy con una amiga, disfrutando de las imágenes de Calatañazor. Y como siempre, tus imagenes me transportan a tan bellos parajes y ella dice lo mismo. Un saludo de las dos.

juancar347 dijo...

Gracias, Kalma. A las dos. No es ninguna mentira que una imagen, a veces, vale más que mil palabras. Hay lugares que son una auténtica delicia para los sentidos. Y Calatañazor y su entorno no son una excepción. Abrazos