lunes, 9 de junio de 2008

Camino a Caracena: Navapalos


'En el ambiente de la tarde flota
ese aroma de ausencia
que dice al alma luminosa: nunca,
y al corazón, espera'.
[Antonio Machado]


Mediodía. Atrás queda Caracena y su magia. De regreso a El Burgo de Osma, mi curiosidad es más fuerte que mi prisa, y no lo puedo evitar: me detengo algunos minutos en Navapalos. Hay un todo-terreno aparcado a un lado de la carretera, y hacia él se dirigen sonrientes dos parejas de mediana edad que, supongo, y basándome en la dirección que traen, vienen de ver la atalaya islámica cuyo reclamo, enmarcado en el característico cartel de color rosa chillón -común a los lugares con monumentos históricos de interés- atrae inmediatamente la atención del viajero.
Si no fuera por el trino alegre de los pájaros, y el canto, posiblemente motivado por el celo, de algún grillo desesperado, juraría que la vida hace mucho tiempo que pasó de largo por allí.
No hay mayor evidencia de abandono, que ver la hierba y los rastrojos -cuya altura, en algunos casos, sobrepasa las rodillas- avanzando entre las calles como un ejército invasor que acaba de tomar al asalto el lugar.
Mientras curioseo por éstas, no puedo evitar que una repentina sensación de vacío, no exenta de tristeza, se vaya apoderando de un corazón que apuesta siempre por la vida.
Sin duda elementos predominantes de una arquitectura en tiempos popular, de entre el adobe y la piedra de la mayoría de las casas, sobresalen vigas ennegrecidas; muñones de madera rendidos hace tiempo al peor enemigo que hubieran podido nunca imaginar: el abandono.
Pero, en realidad, no se puede decir, tampoco, que Navapalos sea un pueblo abandonado, como evidencia el estado sólido y con señas de ocupación, de algunas de sus casas. Entre ellas destaca, sin duda, el compacto armazón de una en particular que, por su forma, bien recuerda un origen montañés. En una de las paredes, aún se conserva, bien visible a pesar de la herrumbre que no perdona, una chapa que ofrece una pista vital de su centenaria función: Escuela Nacional.
En esa misma pared, con su forma inequívoca de media cúpula y protegido de las posibles inclemencias del tiempo por un pequeño porche, un horno de leña, de aspecto medieval, llama inmediatamente la atención. Por su aspecto, solidez y buen estado de conservación, apenas me cuestas ver en ella, sin necesidad de un rótulo o un cartel que lo confirme, un más que probable establecimiento rural, que espera pacientemente a que el estío devuelva a la zona esa vitalidad humana que el tiempo, impasible, le fue robando poco a poco.
{En construcción}

video

2 comentarios:

koborron dijo...

No se explica por qué un sitio tan fértil, con carretera y junto al padre Duero, se quedó vacío.
Que fuerte debió de ser la tentación de buscar otras cosas en otro lugar...
Pero,que seguro estoy, echarían de menos todo esto un millón de veces al día, y un dolor amargo les roería las entrañas.

juancar347 dijo...

No me cabe duda. Cuando exploro lugares así, te aseguro que se me cae el alma a los pies. Aunque en este caso, por lo que sé, se invirtió en talleres para reconstruir el pueblo. Claro que, según nuestro amigo burgense, el dinero de esas inversiones tal vez se lo llevara la corriente...