jueves, 23 de octubre de 2008

El extraño simbolismo del claustro del Monasterio de Santa María de Huerta

'Además, en el claustro...¿qué hacen allí esas ridículas monstruosidades, esa belleza increíblemente deformada y fealdad perfecta?. ¿Qué sentido tienen monos impuros, leones salvajes o monstruosos centauros?. ¿Qué hacen semihombres o tigres con manchas, guerreros luchando y cazadores tocando el cuerno?...¡Dios mío! si no nos avergonzamos por esas necedades, ¿por qué no nos arrepentimos por los gastos?'.
[Bernardo de Claraval, hacia 1124]
Reyes, prelados, faraones, cortesanos, caballeros, guerreros...pero sobre todos ellos, un símbolo fatal impera con cierta persistencia: la muerte. Junto al temor a lo desconocido y el miedo e incertidumbre que siempre han hecho acto de presencia en el corazón y en el intelecto del hombre a la hora de afrontar algo tan angustioso como es dejar de existir, el mundo antiguo insistía en fustigar dicho intelecto, con el añadido de demonios y monstruos mitológicos, de imprecisa y difícil catalogación, dando origen a lo que, ya en tiempos modernos, Carl Gustav Jung denominó como Arquetipos.
Posiblemente, en su afán de superar esa barrera infranqueable, el hombre soñó hace miles de años con la inmortalidad, devanándose los sesos por descubrir, al menos, un sucedáneo que paliara su angustia frente a la idea de dejar de existir o de establecer su lugar dentro del orden natural de las cosas. Interviene aquí la Religión. Pero en la Religión, a falta de una Verdad total y absoluta, existen numerosas lagunas. Para rodear éstas lagunas, algunos pretendieron ir más allá, recurriendo a corrientes astrológicas, mágicas y alquímicas, la clave de cuyos experimentos se ocultaba en numerosas obras de Arte, que a lo largo del tiempo fueron dando lugar a diferentes estilos o formas de concebir éste.
No es de extrañar, pues, que los dobles sentidos, las 'verdades encubiertas' o incluso las medias verdades, jueguen un papel preponderante a la hora de intentar interpretarlos.
No deja de ser una gran verdad, que cuando uno accede a un monasterio, su primera sensación no es otra que la de intuir un mundo extraño por completo; un mundo, donde los contrarios se rozan continuamente y el simbolismo actúa sobre la mente con la fuerza intrínseca de esos arquetipos definidos por Jung.
En efecto, una vez inmersos en ese otro mundo de ruido y silencio; de luz y oscuridad, los símbolos aparecen y se suceden como semáforos en rojo frente a los que hay que detenerse obligatoriamente. En esa parada, invitan a la reflexión; pero, sobre todo, desafian a la interpretación. Son, por decirlo de una manera metafórica, esfinges en sí mismos, que plantean siempre una incógnita. Y ésta incógnita, puede o no, tener relación con el símbolo más cercano y en apariencia menos relacionado.
El mejor ejemplo de todo esto, al menos en lo que se refiere al ámbito de la provincia -sin menospreciar otros lugares de interés dentro de ella- lo encontramos en el claustro del Monasterio de Santa María de Huerta.
Es cierto que frente a la austeridad promulgada por San Bernardo y referida a los motivos de los capiteles que decoran el cuadrado interno de su claustro, encontramos una eclosión de simbología en la fachada de la parte externa, aquélla que se sitúa al pie de un jardín, el entramado de cuyas plantas, forma en sí mismo un pequeño laberinto. Símbolo natural, y situado en el centro de éste, la palmera nos recuerda el impresionante pilar central de la cercana ermita de San Baudelio de Berlanga, revelándonos su nexo de unión entre la tierra y el cielo.
Tal símbolo de espiritualidad -no olvidemos que son numerosos los santos y santas que portan hojas de palma en sus manos, e incluso algunas vírgenes como Santa Coloma de Albendiego, en la vecina provincia de Guadalajara-...

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